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lunes, 26 de enero de 2009

Difusa

Clara se sienta. Ocasionalmente mira el reloj (comprado en la feria) que descansa en la pared. El tic-tac la pone nerviosa, las manillas que no avanzan demasiado (pero no es que transcurra poco tiempo; tal vez es la pila o alguna otra anomalía típica de los relojes de feria). Luego de un rato suele levantarse y correr hasta el baño, lugar en donde comienza su ritual, que consiste en darse cabezazos frenéticamente contra el espejo que está sobre el lavamanos. A veces el espejo se quiebra, a veces no. Cuando se quiebra, Clara observa horrorizada cómo los pedazos vuelven a su lugar como si nada hubiese pasado. Comúnmente, luego de esta clase de episodios siente como si la clavaran en la cruz, o tal vez algo menos intenso y melodramático, y va amodorrándose poco a poco, hasta caer de bruces al suelo. Entre dos desconocidos la levantan y la depositan en su cama.
Al día siguiente, por lo general amanece un poco adolorida, y un poco sorprendida al constatar que el living ahora es Marte, y que el espejo del baño ha sido reemplazado por una boletería, que sus piernas flaquean debido a la inyección de alguna sustancia estupefaciente (pero eso ella no lo sabe), y que producto de ello siente un dolor más o menos punzante en la nalga derecha.

viernes, 24 de octubre de 2008

Asexinato en la planta baja


Los amantes se encontraban en su habitación del undécimo piso mirándose, oyéndose, oliéndose, conquistándose nuevamente, como lo hacían día a día, noche a noche, segundo a segundo. Fue entonces cuando él se acercó y depositó maliciosamente su mano sobre el muslo ajeno, recorriendo con intrusa lentitud los confines del sexo opuesto.
Caminó con miedo hacia la cocina. Era viernes, lo que significaba una borrachera más en aquellos dolorosos dos años de matrimonio. Esa noche había algo especial en los ojos de su marido, algo que la hacía sentirse especialmente desprotegida en su solitario apartamento de la planta baja...
Y llegó el primer golpe.
Entre gemidos de dolor y placer, ella se tiró en la cama mientras él la mordía y golpeaba con la brutalidad sadomasoquista que gustaba tanto a ambos. Ella tomó la fusta que estaba sobre el velador y lo atacó, dominante.
El psicópata ebrio le había asestado un despiadado puñetazo a su mujer, que empezó a sangrar profusamente. Para defenderse, ella le pegó con el palo de la escoba en la espalda, sin éxito. Y los amantes se manoseaban y se flagelaban y se revolvían viscosos en sus fluidos corporales. Ella adoptó la posición de batalla, dejando el paso libre a su cómplice para que ejecutase su trabajo.
Comenzó a enterrar su arma el sujeto con fuerza y repetidamente, mientras la sado gritaba de pasión y lascivia sanguinaria. El asesino se acercó a la pobre mujer, que gritaba inútilmente. Nadie la escucharía, ya que los únicos vecinos que estaban en el edificio eran los del piso once (¿y a quién le importarían los gritos de una empleada en la planta baja?). El verdugo enterró su puñal incansablemente en el pecho de su mujer, hasta que se desangró.
Entretanto, un líquido de distinta naturaleza escapaba con semejante profusión en el campo de batalla del undécimo piso, dejando a los amantes sin aliento y llenos de sudor, sangre y espermatozoides muertos.




(Nada del otro mundo... fue mi primer intento de montaje, bastante precario por lo demás. En todo caso, necesitaba subirlo, no sé por qué.)

miércoles, 8 de octubre de 2008

-random-

(...) sin embargo, según contaron algunos testigos de dudosa procedencia, se vio al presidente en días anteriores al suicidio festejando alegremente en los más nefastos tugurios, junto a señoritas y señoritos que difícilmente podrían haber tenido una reputación decente. De hecho, en momentos previos al suicidio junto al resto de los integrantes del partido, recibió 3 mensajes en su celular, el que fue encontrado en un vertedero ilegal (que después fue debidamente clausurado). El primero de ellos decía: "Llámame. Daniela"; el segundo decía "Te echo de menos, mi amor. Horacio". Y el tercero decía... (me es imposible descifrar la caligrafía de este manuscrito. Mal que mal, estos papiros tienen más de doscientos años, y yo apenas soy un periodista recién titulado. Obtuve la más alta calificación en el examen de grado. El profesor estaba orgulloso. ¿Qué será de él? Probablemente, nada. A veces creo que todos estamos condenados a la nada. Tengo hambre frío sueño alguien toca el timbre será mejor que vaya a abrir ding dong ya voy ding dong hola Camila cómo estás...)

jueves, 15 de mayo de 2008

Fuego al volante

"Drive
I'm yours to keep
Do what you want
I'm going cheap."
Depeche Mode


Me miras, te miro, subo por tus peligrosas avenidas hasta llegar a tus ojos que me detienen como semáforo en luz roja en plena Alameda.
Te miro, me miras, luz verde y sigo iracundo hacia Plaza Italia recorriendo a 120 kilómetros por hora tu avenida principal, ahora descongestionada y libre de semáforos, de locomoción, de frenos, de estorbos, de colectivos intercomunales intercriminales. Y entonces luz amarilla, precaución, desaliento, luz roja, stop.
Las gigantografías se alzan majestuosas enfrente, promocionando lo más top de lo top, ese Big Mac que te regala montones de calorías, esa Coca Cola Zero que te da cáncer, ese banco que te estafa y esa luz gigantografía roja, esa roja gigantografía luz, esa gigantografía luz roja que te para en seco y te detiene el corazón en medio de una carrera contra el tiempo y la vesícula y la mirada que te persigue a lo largo de esos miles de kilómetros de coqueteo y sexualidad express, expresados en el fuego de los corazones, de los ojos, de los autos, de la Coca Cola Zero con nuevo mix de endulzantes, del nuevo crédito con el interés más bajo (y ese sí que te quema). Y de pronto es luz verde, luz blanca, luz azul, luz negra, luz paradoja, luz onda, luz corpúsculo, luz crepúsculo, luz de avance y los autos y las miradas corren a mil por hora y los corazones palpitan en el velocímetro que sube y sube hasta colapsar. Entonces viene el choque, el choque de los autos, el choque de las miradas, el choque de los cuerpos rebosantes de deseo y de bencina, el choque de las bocacalles que se absorben en provocador juego de flujos salivales de la maquinaria automotriz. Y los conductores arden más que nunca, más de lo que habían ardido en años de ir y venir por la avenida, y arden otra vez, y chocan otra vez, y te miro, me miras, me miras, te miro otra vez y entonces es incendio, incineración, un crepitar de ojos lujuriosos y de cuerpos lubricados en sudor y de autos completamente destruidos que provocan el bloqueo de la principal vía de la capital durante varias horas de amor, sexo y muerte.
A la jornada siguiente, los diarios titulan: "Dos jóvenes desnudos fallecen en choque automovilístico de cuerpos lascivos pulverizados por el placer de la Alameda".

viernes, 2 de mayo de 2008

Plumíferos

Y es que tal vez todo está en los gestos, en aquellos que parecen tan insignificantes, tan llenos de nada condensada en un movimiento furtivo de las comisuras de los labios colagenados, de los ojos con patas de gallo, de las manos artríticas, de las manos callosas. Esa mirada, esa sonrisa, ese saludo, ese abrazo, ese beso, esa lengua, el sexo, el tercer sexo, la Lita haciendo su performance epiléptica frente a miles de mariconas gritando enfurecidas y enforecidas por el término de la marcha gay en Plaza Bulnes.
Gestos, gestos de amor o de amistad o de homosexualidad y travestimo a granel impulsados por la pirámide social egipcia que somete y momifica a los siervos del sistema. Gestos de pasión y deseo, gestos de cariño y gestos, gestos simplemente. El lenguaje de los gestos, de las miradas calentonas y las entonaciones transformistas. Sociedad transformista que dragqueeniza hechos y palabras para hacerlos más pomposos, pero que es delatada por los gestos, por la cara de zorra consumida por el cinismo y el travestismo social, por la inquietud del pie que marca un incesante compás de repulsión y asco, de sarna y lacra, de odio y psicosis. Un reggaeton de mascarillas faciales y productos de belleza para esconder las imperfecciones antrópicas, las espinillas socioeconómicas, los puntos negros del alma.
Pero con la lluvia el maquillaje se corre, y es en ese momento cuando las emplumadas quedan atrapadas bajo las cadenas de sus propios gestos, de su deleznable rictus, de su execrable conformación personal. Y los gestos las dejan en pelotas, las asaltan, las crucifican, las condenan.
Y es que tal vez todo está en los gestos.

jueves, 24 de abril de 2008

Torna-do (en el miocardio)

Invádeme. Invádeme como la brisa invernal que se cuela por las rendijas de la puerta (y la estufa no sirve, porque la brisa entra igual), y que postra a las abuelitas en una cama-camita-camilla-camarote-camarón con cuarenta de fiebre. Invádeme como el haz de luz que destrona a la inquietante paradoja negra; como el haz de luz blanca que se torna amarilla que se torna roja que se torna verde que se torna pasto que se torna girasol que se torna tornasol que se torna tornado que se torna viento que se barlovento que se sotavento que se torna brisa. Luz que se torna en brisa, brisa que se torna en luz. Brisa y luz que invaden una casa, la casa del corazón, que la invaden y la colman y la vacían hasta dejarla sin sangre, porque la sangre y el amor no caben en el mismo corazón y menos cuando me invades, así que la sangre huye despavorida por las arterias de la capital cardiovascular colapsada por el Transangrentiago.

miércoles, 10 de octubre de 2007

la penúltima estación

Subió en la penúltima estación.
Lo vi y subí.
Subí y subí hasta topar las negras nubes de Santiago Centro. Subí cual estudiante promedio fumando cigarrillos después de alucinógenos en el parque almagro. Y lo vi todo, lo tuve todo. Ahí estaba tata Dios en angelical orgía con ángeles desnudos que bebían la sangre de Cristo con gran gozo. Quién creería que Dios era bisexual. Será. Vi cosas. Te vi a ti en esa estación que parecía tan lejana y tan cercana en ese Cielo, donde se podía ver todo, tan nítido, tan nada. Te veía mirarme con extrañeza y con recelo, con cara de qué weá está mirando este maricón reculiao. Y me preguntaste la hora con una voz pasada a parque forestal. Y lloré, lloré por dentro, porque era la penúltima estación y quedaba tan poco. Mis ojos lo miraron con lujuriosa ternura, y me escuché decir "las siete veinte" y a él diciendo gracias con sus ojos desdeñosos pero hermosos, y con su voz de fore que sonaba extrañamente varonil. Entonces la perra reculiá dio el aviso de estación terminal. Te bajaste y yo también. Y casi bajé, pero seguía como volado. Entonces sólo te seguí y te tomé la mano, con violencia quizás, quizás no. Fue al revés; yo iba subiendo las escaleras y bajando, y tú me sujetaste la mano firmemente, y yo me quejé con doloroso placer. Me miraste y te miré con detención. Nos preguntamos "¿a dónde vas?" y nos reímos. Volví a subir mientras hablábamos y nos mirábamos fogosamente. Trataste de besarme, pero despertaste.
Sí, despertaste. Y caí, como si estuviera en un pozo sin fondo.
Me lloraste, te lloré.
Y desperté yo también, pero desperté de mi sueño despierto. Fui al baño y vomité, y saliste tú y la estación de metro y la perra que nos cagó ese momento y las escaleras y el olor a pito del almagro y el suelo sin pasto del forestal y mis entrañas y pico conchetumare. Me miré. Me miré y no me miré, porque en realidad no estaba, porque no había ni una weá. NADA.