miércoles, 19 de diciembre de 2012

Maipú, o el sueño americano que no fue


Hoy es diecinueve de diciembre y se supone que faltan dos días para el fin del mundo. Como antesala, hoy llueve en Santiago y las señoras de la capital ponen el grito en el cielo, cielo que se parte con los chubascos pronosticados para el día de hoy.
En Maipú, sin embargo, la lluvia es precaria. Precaria como tantas otras cosas en esta comuna: la vivienda, la educación, la salud (sobre todo, la salud). Y nos negamos su precariedad a cada instante en la pretendida y pretenciosa comodidad de nuestras casas pareadas de dos pisos, de nuestros pasajes protegidos por rejas, de nuestros barrios cada vez más seguros gracias a la caseta de guardia instalada en la esquina o en la plaza.

Llegué a vivir aquí a los cinco años, hace casi exactos diecisiete, un quince de diciembre de 1995. Antes con mi familia vivíamos en el Barrio Franklin, en una casa pequeña y pobre que hoy le pertenece a una tía. De lo poco que recuerdo, la casa era muy oscura y yo compartía con alguno de mis hermanos una de las piezas del fondo. En ese tiempo éramos cinco hermanos (se nos sumaría un sexto tres años después) y la casa no daba abasto, por lo que mis papás tomaron la decisión de cambiarse, buscando dejar atrás las modestas condiciones en que vivíamos. Postularon a un subsidio y vinimos a dar aquí, a esta casa ubicada cerca del paradero nueve de Pajaritos, que por entonces era una calle llena de árboles –aunque yo no podría dar cuenta de eso– y que a simple vista prometía a mi familia y a tantas otras familias una mejor calidad de vida.
Sin embargo, mis papás no encontraron nada de lo que estaban buscando, y yo creo que no lo saben. La casa nueva era mucho más bonita que la de Franklin, pero seguíamos viviendo hacinados y la familia seguía creciendo. En 1998 llegó a la casa mi hermano chico; dos años después nació mi primer sobrino, y así. Tuvimos que agrandar la casa, pero yo seguí compartiendo pieza con dos de mis hermanos hasta muy grande. Y la plata no alcanzaba, como tampoco alcanzaba cuando vivíamos en la comuna de Santiago. Pero nada de eso importaba, porque teníamos un mall cerca de la casa (aunque tuviera piso de madera), uno que otro supermercado y ya a fines de la década de 1990 se escuchaba fuerte el rumor de que llegaría el Metro hasta nuestras tierras. 

Hace algunos años, el suelo de madera del mall mutó en cerámica. Hoy el mall tiene dos pisos y se construyen varias tiendas que se inaugurarán, supongo, durante el próximo año. Hace poco, también, llegaron los bares y restaurantes caros, los expendios de sushi o de cualquier otra comida hip del momento, viniendo a desplazar tanto a la práctica de tomar en una cuneta o en una plaza como a las papas fritas de los bajones. El Metro llegó a Maipú con unos años de retraso. Con más de diez años de retraso, quizás. Poco importa. Los maipucinos sabemos esperar porque estamos acostumbrados. Llevamos más de veinte años esperando. La llegada del Metro y del comercio es la llegada del esperado progreso a nuestra comuna, pero un progreso del que nosotros no podemos sentirnos parte porque todas las mañanas subimos los tres (o cuatro) pisos de la estación Las Parcelas para viajar en condiciones inhumanas a nuestros destinos, y porque lo único que encontramos al venir a vivir aquí fue la libertad de consumir y de desperdiciar dinero que no tenemos en placeres burgueses más propios de Providencia que de acá. Maipú es la comuna ícono de una “clase media emergente”, o, dicho en feo, de pobres que alguna vez quisieron salir del hoyo en el que estaban metidos en sus comunas de procedencia. Por eso es una comuna que se blanquea y se niega constantemente a sí misma, porque a los maipucinos nos da vergüenza nuestro origen mugriento y roñoso, porque viviendo aquí creemos (más aun, queremos) ser tan normales como la gente de Ñuñoa. Pero sabemos que ni tan en el fondo –más bien en la superficie– somos otra periferia urbana más. Y el olor a pobre es algo que no se sale ni con ropa de marca ni con perfumes caros, mucho menos si estos son adquiridos con tarjeta de crédito en cuotas y con pago diferido. 

martes, 11 de septiembre de 2012

treinta y nueve onces

Muchxs van a reclamar mañana porque no tienen luz, porque llueven las piedras, porque estxs pendejxs andan puro hueveando, que qué se han creído, si ni siquiera estaban vivxs para el golpe, terroristas, deberían llevárselxs presxs a todxs. Igual que para el 29 de marzo, el "día del joven delincuente". 
Mi deseo es que se corte la luz cuanto sea necesario para que salgamos, aunque sea por un rato, de la comodidad burguesa en la que vivimos. Que se corte la luz ojalá por varias horas, y que durante esas horas sólo tengamos por iluminación el fuego de unos neumáticos quemándose. Y que ese fuego (junto a las piedras que llueven, junto al fascismo que flamea al viento en los techos de las casas en septiembre, junto al humo de las lacrimógenas esparcido por ese mismo viento) nos ayude a recordar que durante diecisiete años en este país se torturó, se asesinó y se hizo desaparecer a miles de compañerxs sólo por el hecho de querer construir una sociedad mejor. Y que también nos ayude a recordar (o a caer en la cuenta, según sea el caso) que en estos veintidós se ha profundizado el modelo económico y político que nos implantó la dictadura, y que, aunque de forma más velada, los vejámenes hacia compañerxs continúan. Baste recordar, por dar un nombre, a la compañera Claudia López, asesinada un 11 de septiembre de 1998, cuando ya habíamos "vuelto a la democracia". Con hartas comillas. 
A 39 años del golpe militar, es imposible dar vuelta la página. Es imposible porque las atrocidades que se cometieron en la dictadura están impunes, situación que la Concertación no se molestó en revertir, probablemente abogando por una ilusoria reconciliación nacional. Jamás habrá reconciliación mientras esos crímenes no se paguen. Y más aún, jamás habrá reconciliación alguna mientras sigan existiendo opresorxs y oprimidxs. No nos vamos a reconciliar con quienes nos han confinado históricamente a la miseria y a la sumisión. Menos si intentan hacernos creer que por haber votado NO en 1988 (si es que lo hicieron; otórguesenos el beneficio de la duda) están de nuestro lado. 

Otra cosa: mañana juega Chile, intento vano por hacer que el 11 sea un día como cualquier otro. Ojalá todxs tengamos presente que cada grito de gol, cada celebración, cada regocijo, es un festejo por esta patria fascista, por esa bandera cuyo color mayoritario no por nada es el rojo, porque está manchada de sangre de miles de compañerxs.

domingo, 22 de julio de 2012

venderla



me gustaría verte cerrando los ojos
durmiendo a guata pelá
(o pelúa, más bien)
roncando a mi lado en una cama de una plaza
en una habitación de 3x3
en algún motel pulguiento de la capital
o del puerto
o de ningún lugar al fin y al cabo

todo eso habría sido muy bonito.
tan bonito como aspirar el humo de una barricada un 24 de agosto
compartir un cigarrillo para pasar el frío
esperando a que llegaran los pacos (de verde);
verter cada cierto tiempo la tinta libertaria en las paredes de ñuñoa
(comuna ícono de la 'clase media profesional' y el activismo light)
cagándose de frío en esas noches de noviembre
-o quizás era septiembre u octubre
de repente es mejor olvidarse de esos detalles-;
inventar canciones ingeniosas y juegos de palabras
repetir frases de travestis
hacerse las ricas en las asambleas
reír por todo y quererse porque sí

todo eso habría sido muy bonito
si uno se demorara un poquito más en creer
o si simplemente uno no creyera
seguiremos siendo amigos, cliché universal
y calabaza calabaza, ____________ (complete la oración)
"seguiremos siendo amigos"
y yo, en mi pieza un domingo
habiéndote pensado semanas enteras
con hambre, sueño, pena y ganas de patalear
qué daría porque
(por lo menos)
el 'seguiremos' tuviera algo de verdad.

lunes, 19 de marzo de 2012

Pro-vida.

Durante la última semana se ha revivido una decimonónica discusión en torno a si debe legalizarse en Chile el aborto terapéutico. En general me da mucha lata participar de esta discusión, porque me sorprende ingratamente darme cuenta de que ciertas cosas que unx asume de 'sentido común' (como la existencia legal del aborto terapéutico o, retrotrayéndonos al año 2008, la píldora del día después) presentan una férrea oposición de parte de la vereda contraria, de lxs que tienen el poder y que no están dispuestxs a perderlo. Y también de muchxs de lxs nuestrxs, que se han comprado el discurso de que hay que defender la vida a toda costa que nos venden los medios. Esta postura que niega a las mujeres el derecho a decidir sobre su cuerpo, a decidir autónoma y conscientemente cuándo y cómo ser madres (y si quieren serlo), se ha denominado (por los medios y por sus mismxs promotorxs) como 'pro-vida', mientras que a nosotrxs, quienes desde una perspectiva feminista defendemos el derecho de la mujer a abortar sin apellido (es decir, bajo cualquier circunstancia) se nos sindica de asesinxs, antisociales, desadaptadxs, resentidxs, en fin. Por otra parte, existe una tercera posición más 'concertacionista', que apoya el proyecto de aborto terapéutico que se discute en el Senado, es decir, la posibilidad de interrumpir el embarazo en casos de inviabilidad fetal, de peligro de vida de la madre o de violación. Dicha opción también me parece insuficiente y discriminatoria, pero no es a esto a lo que me quiero referir en esta nota, sino al concepto de 'pro-vida'.
Por pro-vida se entiende a todo aquel que defiende el derecho a la vida bajo cualquier circunstancia. La posición común de todo este grupo se reduce básicamente a que desde el momento de la fecundación "hay una vida" y que nosotrxs no tenemos ningún derecho a "decidir sobre esa criatura inocente". No hace falta hacer alusión a los innumerables ejemplos de las atrocidades que han dicho lxs 'pro-vida' sobre la mujer y su cuerpo. Creo que, más allá de las bromas, la frase de Ena von Baer refleja muy bien el pensamiento general de este grupo: el cuerpo de la mujer no le pertenece.
El concepto de pro-vida, no obstante, es tremendamente engañoso. En primer lugar, porque fija una barrera (inexistente) entre quienes supuestamente están a favor del derecho a la vida (ellxs) y quienes supuestamente estamos en contra (nosotrxs). Y en segundo lugar, porque esta defensa acérrima del derecho a la vida llega solamente hasta el momento del parto, ya que desde ese momento es la madre quien tiene que cargar con la criatura que quizás no quiso tener. Lxs poderosxs que defienden el derecho a la vida tienen los medios para sustentar a lxs hijxs que traen -y que quizás no deberían traer- al mundo (ejemplo perfecto es la familia Opus Dei), pero la joven que tiene una guagua en la población, o la que estudia, o la que trabaja y es explotada precisamente por lxs mismxs que prohíben el derecho a abortar, no tienen los medios necesarios para brindar una buena vida al bebé que nació. Y no porque no quieran, ni porque no se esfuercen, ni porque sean flojas. Cuando unx no tiene lo que esta sociedad neoliberal llama "una situación acomodada", cuando unx ha vivido en carne propia la pobreza, cuando unx ve que su gente se saca la cresta para ganar una cagá de sueldo a fin de mes, queda en evidencia que quienes se dicen defensorxs de la vida son cualquier cosa menos eso, que en realidad sólo promueven esquizoidemente la natalidad porque le es útil al sistema traer mano de obra barata al mundo, porque es negocio redondo para ellxs que explotan a nuestra clase dándonos sueldos de miseria y llenándose los bolsillos a costa nuestra. Su cuento de defender la vida es una mentira, porque mientras el aborto sigue siendo ilegal por culpa de ellxs, miles de mujeres mueren año a año por practicarse abortos ilegales en condiciones inhumanas. La vida de esas mujeres para ellxs no cuenta. Y mientras siga siendo ilegal el aborto, seguirán muriendo mujeres, y a ellxs no les va a importar, porque a quién le importa la vida de una mujer, y menos si esa mujer tuvo el coraje de asesinar... a algo que ni siquiera se puede denominar científicamente como "vida". Los casos de violación, de inviabilidad fetal o de peligro de vida de la madre, en tanto, ni siquiera resisten análisis. El cuento del derecho a la vida es una mentira, porque mientras siguen naciendo bebés con problemas graves, no existe atención de salud pública de calidad para tratar esos problemas. Su cuento del derecho a la vida es una mentira, porque le arruinan la vida a una mujer que quizás sí quería ser madre, pero en otro momento de su existencia y no en el que le tocó. Su cuento del derecho a la vida es una mentira, porque a todxs lxs que nos levantamos contra la vida de miseria que llevamos por su culpa nos reprimen, nos golpean, nos torturan e incluso asesinan, como ocurrió durante la dictadura de Pinochet, y como ha ocurrido y seguirá ocurriendo en esta mentira de democracia. No nos vuelvan a repetir nunca más que están a favor de la vida, porque no les creeremos.
Desde esta vereda, en tanto, sin intención de querer tomar la voz por mis compañerxs, yo señalo que nosotrxs sí estamos a favor de la vida. Pero a favor de una vida digna, a favor de una vida de verdad, a favor de una vida libre, a favor de una vida QUE NOS PERTENEZCA. Por eso luchamos día a día. Por eso creemos que se nos debe garantizar el derecho al aborto, sin ningún tipo de apellido, y que su acceso sea libre para todas las mujeres que lo necesiten. Pero también creemos que se nos deben garantizar sueldos dignos, educación y salud dignas, todo lo que el actual sistema no nos garantiza. Porque ellxs no están a favor de la vida, y menos de nuestras vidas. Y dado que esto es así, nosotrxs estamos absolutamente en contra de ellxs y de cualquiera que coarte nuestro derecho a decidir sobre nuestra vida.

domingo, 23 de octubre de 2011

del miedo y del fuego

Prefacio:

Me origino a partir de un coito desprotegido entre un pico X y un choro Y en el año 1989 (en el mes de octubre, aproximadamente).
De la junción entre X e Y se habían originado con anterioridad 4 otrxs individuxs, en diferentes fechas entre los años 1972 y 1987.
Usted comprenderá, por lo tanto, que mis hermanxs y yo somos hijxs del miedo.


I

soy hijo del miedo

vengo del miedo
de la incertidumbre
de la sumisión

nací en 1990
pero comencé a gestarme desde mucho antes
17 años atrás para ser preciso
fui depositario del miedo de una generación completa
incubé durante 17 años el miedo
(para ser sincero
nací cagado de miedo
cagado hasta el cogote)
y cuando salí del choro lloré de miedo
lloré por mi madre y por mi padre
por tanta sangre derramada en 17 años
por tantas menstruaciones y úteros dolientes en 17 años
por tanta mentira y tanto silencio en 17 años

II

17 años después seguí llorando
sin parar / sin saber / sin dolor
-subconscientemente, si se quiere-
34 años después del golpe yo seguía llorando y no lo sabía
34 años después las llagas seguían abiertas
(y yo no lo sabía)
pero de repente lo supe
-o creí saberlo-

entonces
el miedo
el die(z)mo
la mierda
la conciencia de la mierda
(sobre todo) la conciencia de la mierda

III

y las lágrimas se secaron de súbito
comprendí el miedo
comprendí
(tal vez no en ese entonces
tal vez recién comienzo a comprenderlo)
que esos 34 años no fueron en vano
entonces
agarré el miedo / la mierda
lo estrujé hasta hacerlo sangrar
lo estrujé hasta A B O R T A R
y mis vísceras
(mi guatita, mis tripas, intestinos y demases)
se llenaron de rabia.
R A B I A.

IV

surjo de la rabia.

esto que soy ahora
se origina a partir del miedo
pero principalmente de la rabia.
rabia del miedo
(y las causas de ese miedo
más terribles que el miedo mismo)
rabia de la injusticia
rabia de la pobreza
rabia del machismo
rabia de la opresión
rabia de todas las muertes de esos 17 años
y rabia de todas las que van en estos 21.
es cierto, el miedo aún existe
pero la rabia es tan grande
que el miedo termina por quemarse
en una barricada que ilumina hasta lo más alto
y cuyas cenizas se desperdigan por las calles de Santiago.

V

vengo del miedo
de la incertidumbre
de la sumisión

no obstante
ahora mucho más que antes
sí, ahora
ahora mucho más que nunca
mi miedo se torna en rabia
mi incertidumbre se torna en convicción
mi sumisión se torna en rebeldía.

rabia
convicción
y rebeldía.

o para ser más preciso:
revolución es la palabra.

viernes, 29 de abril de 2011

Homosexualidad hegemónica y cambio cultural. Algunas reflexiones en torno al foro “Género y diversidad sexual en la realidad universitaria”

El pasado miércoles 20 de abril se realizó en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile el foro “Género y diversidad sexual en la realidad universitaria”, en donde se pretendía abordar desde el ámbito universitario las problemáticas de género y sexualidades. Quiero referirme específicamente a las intervenciones de dos de lxs panelistas del foro: Luis Larraín, ingeniero civil de la Universidad Católica y ex asesor de la Secretaría General de la Presidencia (período 2010-2011), y Rolando Jiménez, presidente del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (MOVILH).

Luis Larraín, conocido por ser el rostro visible de la campaña presidencial de Sebastián Piñera, dedicó la mayor parte de su intervención a hablar sobre su “salida del clóset” durante su estadía en la universidad, para luego reivindicar el poder de las redes sociales en tanto instrumentos de cambio sociocultural, ya que a través de ellas es posible denunciar la homofobia y promover la integración.

Rolando Jiménez, en tanto, habló sobre la labor social del MOVILH, sobre el “gran cambio cultural” que éste ha generado en el país durante los últimos 20 años, que las cosas avanzan bien, que él ve el vaso “medio lleno” (lo que me parece terrible) y que es un gran logro que Allamand haya puesto sobre la mesa el tema de la unión civil y el matrimonio homosexual, entre otras atrocidades en las que ahondaré más adelante.

No es mucho lo que tengo que decir con respecto a la intervención de Luis Larraín. Más allá de que a nadie le importa (en el contexto del foro, al menos) saber si lo aceptaban o no en la universidad, me parece francamente preocupante que para él la lucha (palabra que, por su ideología, él jamás utilizaría) de la diversidad sexual se base en la integración servil no sólo a la sociedad, sino al modelo económico neoliberal. Larraín se adjudicó como triunfo el haber logrado, a través de Twitter, que Agrosuper aceptara en su concurso del día de los enamorados a parejas homosexuales. ¿De qué estamos hablando? Sobre lo mismo, menciona que Twitter es muy útil a la hora de denunciar casos de homofobia. ¿Y cuál es el punto? Su relato no logra dar cuenta de una reflexión en torno al género y a la(s) sexualidad(es); es muy posible que él ni siquiera se haya planteado dicha reflexión por encontrarse en un lugar socialmente privilegiado: el de las clases altas.

No obstante esto, su caso me parece mucho menos preocupante que el de Rolando Jiménez. Son varios los puntos que debo tratar a este respecto:

¿A qué se referirá Rolando Jiménez cuando señala que ve el vaso medio lleno? ¿Qué entenderá por avance? Creo que es muy poco lo que se ha avanzado y que falta un larguísimo trecho por recorrer. Tal vez desde el lugar (biohombre, presidente de una institución LGBT hegemónica) desde el que enuncia, todo se vea maravillosamente bonito, pero en la realidad no es así. Para él significa un avance que Allamand quisiera debatir sobre matrimonio homosexual. Para mí no lo es: es meramente una estrategia política de la derecha, que nada dice sobre un efectivo cambio sociocultural..

Con respecto a esto, ¿de qué cambio cultural está hablando Rolando Jiménez? Sí, se lo concedo: es innegable que hoy en día salen muchxs más maricones y tortas en la tele, la gente se muestra más “open mind”[1], la marcha de septiembre convoca más de diez mil personas, etc. Pero esto no sirve de nada si la misma comunidad LGBT sigue posicionando a homosexuales, lesbianas, transexuales y demases en el lugar de la pobre víctima, que lo único que busca es que le hagan un espacio en la sociedad, porque “somos todxs personas” (¿y para qué ser personas?), además de seguir recalcando que, a pesar de su “condición sexual”, siguen siendo hombres o siguen siendo mujeres. Me parece que esto pesa mucho más y que contradice completamente la idea del cambio cultural. El cambio cultural es inexistente, nunca ha habido tal cambio cultural, y no lo habrá mientras la comunidad LGBT siga victimizándose e intentando entrar a un sistema ya establecido y que impone un género desde el momento en que se nace, además de controlar potentemente la sexualidad de lxs sujetxs.

Este asunto de la integración se ve en distintas mociones del MOVILH, de las cuales la más representativa es el proyecto de matrimonio civil homosexual. Me parece maravilloso que todxs tengamos los mismos derechos, pero… ¿cuál es la idea de querer casarse? ¿Ser iguales que lxs heterosexuales? En vez de exigir a gritos el matrimonio homosexual (y sólo una vez al año, porque no son capaces de salir a la calle si no es por la marcha gay), deberíamos cuestionar la institución del matrimonio en tanto institución coercitiva, heteronormativa y reguladora de nuestro deseo. El matrimonio obliga a ser fieles, a tener una pareja única por el resto de nuestras vidas, a criar hijos, a inculcarles los valores de la familia (valores que, dicho sea de paso, están determinados por la moral cristiana), y nos otorga el derecho de mirar feo y de reprender a aquellxs que no cumplan con esta normativa. Yo me declaro absolutamente en contra del matrimonio gay y de todo matrimonio posible, y abogo, en su lugar, por el libre ejercicio de nuestras sexualidades. ¿Para qué tener una pareja, si podemos tener dos, tres, diez, miles?

Me parece necesario, en último término, hacer alusión a una frase enunciada por Rolando Jiménez en el foro al que me refiero: “el feminismo no se ha hecho cargo de sus convergencias con las mujeres lesbianas”. ¿De qué feminismo habla? ¿Tiene conocimiento de lo que es el feminismo (más bien, los feminismos)? Si bien existen varios feminismos con los que no comulgo, me parece que esta frase es extremadamente irresponsable y que Rolando Jiménez, al decirla, desconoce e invalida el trabajo de muchos colectivos lésbico-feministas que vienen trabajando hace muchos años en el país.

Cuestiono profundamente la representatividad del MOVILH y de Rolando Jiménez en particular. Creo que la lucha política de esta revolución sexual (no hablaré de “diversidad”, porque desconfío del concepto) no se acaba en la exigencia de iguales derechos en el Parlamento. Que el presidente de una de las organizaciones LGBT más importantes a nivel nacional crea que la política se agota en la exigencia de derechos me parece grave. Porque la lucha es en el día a día: crear conciencia en la pobla es político, una performance es política, desnudarse es político, converger con otras luchas sociales (la de lxs mapuche, la de lxs presxs políticxs, la de las mujeres pobladoras, y tantas otras) es político. Por otra parte, concebir la sexualidad tal como la entienden Rolando Jiménez y Luis Larraín implica la exclusión de prácticas sexuales y sexualidades periféricas; implica pensar que las sexualidades son naturales y estáticas, que no existe la posibilidad de abrirse a devenires sexuales múltiples. Es adoptar la postura más cómoda: la de la integración y la inclusión. Es victimizarse y obtener beneficios de ello, porque es súper fácil tildar de homofóbicx a cualquiera que piense distinto. Es contribuir al statu quo, dejar la mierda tal y como está, sin cuestionar nada. Es, finalmente, seguir legitimando la existencia del clóset, construcción sociocultural opresora que define cuáles sexualidades son válidas y cuáles no lo son, en función de un criterio arbitrario establecido hace cientos de años, y que ideologías como el cristianismo y el fascismo contribuyen a acentuar. Y la solución, estoy convencidx, está en destruir ese clóset. Creo que hacia allá debe apuntar nuestra lucha política: hacia la liberación de las trabas impuestas por las sexualidades “normales” hegemónicas y el género, para que cada unx de nosotrxs, en tanto sujetxs autónomxs, podamos decidir libremente qué es lo que queremos para nosotrxs y para nuestros cuerpos.


[1] Este concepto da para mucha discusión; por el momento, sólo digo que desconfiemos de él, ya que posee un componente ideológico muy marcado: el de la heteronormatividad.

viernes, 22 de abril de 2011

Nota al margen

El feminismo es una revolución, no un reordenamiento de consignas de marketing, ni una ola de promoción de la felación o del intercambio de parejas, ni tampoco una cuestión de aumentar el segundo sueldo. El feminismo es una aventura colectiva, para las mujeres pero también para los hombres y para todos los demás. Una revolución que ya ha comenzado. Una visión del mundo, una opción. No se trata de oponer las pequeñas ventajas de las mujeres a los pequeños derechos adquiridos de los hombres, sino de dinamitarlo todo.

Virginie Despentes